Yo era súper fan de la justicia vital. Tú haces A, siendo A siempre algo que no acaba de estar del todo bien, y la vida te responde con B, siendo B algo que no acaba de gustarte del todo. Y así, el mundo sigue girando y se mantiene el equilibrio.
A principios de verano hice una pequeña A, una pequeña mentirijilla sin importancia que tuve que emplear por razones más que justificadas y que ya no vienen al caso, y la vida, muy maja ella, me soltó un B en todos los morros, nunca mejor dicho, en forma de dolor de muelas en pleno mes de agosto en Mallorca, con el motor del dingui estropeado y sin medio de transporte terrestre.
Yo era súper fan de la justicia vital porque creo que en el fondo es como yo, no tiene medida, o por lo menos, en agosto no sabía de ella...
A pesar de los más que evidentes handicaps, quiso el señor de las barbas y la túnica blanca, que mi hermana mayor fuera una persona práctica y con recursos y localizara un dentista operativo a una distancia relativamente alcanzable.
Aquí es donde la justicia vital y yo rompimos nuestro compromiso, porque si hay algo que me aterrorice en este mundo es ir al dentista y, mucho más, cuando se trata de un dentista al que no conozco y que me mira con cara de susto al ver mi muela perjudicada mientras va resoplando sonoramente.
En ese momento recordé ser persona de malos principios y, ante el dolor que sentía, decidí descartar mi idea de salir corriendo, claudicar y dejar a aquella pobre doctora enfrentarse, con un cuidado y delicadeza exquisitos, a la serie de intentos de anestesia a la que el mundo nos iba a someter aquella mañana. Y digo bien, intentos, porque aquella muela no había quien la durmiera.
Una hora después, la única dentista con corazón que trabaja en agosto en Mallorca, me envió de vuelta al barco con una reparación temporal urgente, un cargamento de medicación, al que resulté ser alérgica, su teléfono móvil en mi agenda, porque al día siguiente era festivo, mi cara convertida en la del muñeco de michelín y un millón de disculpas por no haber podido hacer nada más.
Me pasé esa tarde en "martita's" lamentándome por mi mala suerte, sufriendo el que para mí, que viví cólicos biliaries durante un año entero, ha sido el peor dolor de este mundo, renegando de la justicia vital, y de San Pedro si es que llega a ponérseme a tiro, y esperando, sin pegar ojo en toda la noche, que llegara el siguiente amanecer.
Mi A había durado un día, por lo que, 24 horas más tarde, su B equivalente, tocaba a su fin. O eso pensaba yo... porque es cierto que finalmente pasé unas vacaciones estupendas sin acordarme de mi muela y los dolores que me había provocado, pero también es cierto que hoy, 2 meses después! por la misma razón!, he vuelto a sufrir el olor de esos productos que sólo los dentistas usan y me provocan mareos, la ansiedad de la espera sentada en esa silla de tortura mientras tu torturador se pasea por otras consultas, la humillación de estar media hora con la boca abierta mientras te meten dentro una mano armada con diferentes instrumentos que en mi pueblo utilizan para hacer chorizos, el sablazo económico final que te asestan una vez cerrada la boca "por haberte martirizado y tú haber consentido" y la vergüenza de que te llame una amiga al salir para invitarte a cenar y no poder hablar con ella porque la anestesia te ha vuelto una incontinente salival.
A principios de verano hice una pequeña A, una pequeña mentirijilla sin importancia que tuve que emplear por razones más que justificadas y que ya no vienen al caso, y la vida, muy maja ella, me soltó un B en todos los morros, nunca mejor dicho, en forma de dolor de muelas en pleno mes de agosto en Mallorca, con el motor del dingui estropeado y sin medio de transporte terrestre.
Yo era súper fan de la justicia vital porque creo que en el fondo es como yo, no tiene medida, o por lo menos, en agosto no sabía de ella...
A pesar de los más que evidentes handicaps, quiso el señor de las barbas y la túnica blanca, que mi hermana mayor fuera una persona práctica y con recursos y localizara un dentista operativo a una distancia relativamente alcanzable.
Aquí es donde la justicia vital y yo rompimos nuestro compromiso, porque si hay algo que me aterrorice en este mundo es ir al dentista y, mucho más, cuando se trata de un dentista al que no conozco y que me mira con cara de susto al ver mi muela perjudicada mientras va resoplando sonoramente.
En ese momento recordé ser persona de malos principios y, ante el dolor que sentía, decidí descartar mi idea de salir corriendo, claudicar y dejar a aquella pobre doctora enfrentarse, con un cuidado y delicadeza exquisitos, a la serie de intentos de anestesia a la que el mundo nos iba a someter aquella mañana. Y digo bien, intentos, porque aquella muela no había quien la durmiera.
Una hora después, la única dentista con corazón que trabaja en agosto en Mallorca, me envió de vuelta al barco con una reparación temporal urgente, un cargamento de medicación, al que resulté ser alérgica, su teléfono móvil en mi agenda, porque al día siguiente era festivo, mi cara convertida en la del muñeco de michelín y un millón de disculpas por no haber podido hacer nada más.
Me pasé esa tarde en "martita's" lamentándome por mi mala suerte, sufriendo el que para mí, que viví cólicos biliaries durante un año entero, ha sido el peor dolor de este mundo, renegando de la justicia vital, y de San Pedro si es que llega a ponérseme a tiro, y esperando, sin pegar ojo en toda la noche, que llegara el siguiente amanecer.
Mi A había durado un día, por lo que, 24 horas más tarde, su B equivalente, tocaba a su fin. O eso pensaba yo... porque es cierto que finalmente pasé unas vacaciones estupendas sin acordarme de mi muela y los dolores que me había provocado, pero también es cierto que hoy, 2 meses después! por la misma razón!, he vuelto a sufrir el olor de esos productos que sólo los dentistas usan y me provocan mareos, la ansiedad de la espera sentada en esa silla de tortura mientras tu torturador se pasea por otras consultas, la humillación de estar media hora con la boca abierta mientras te meten dentro una mano armada con diferentes instrumentos que en mi pueblo utilizan para hacer chorizos, el sablazo económico final que te asestan una vez cerrada la boca "por haberte martirizado y tú haber consentido" y la vergüenza de que te llame una amiga al salir para invitarte a cenar y no poder hablar con ella porque la anestesia te ha vuelto una incontinente salival.
Yo era súper fan de la justicia vital.
Hace 2 meses que nos divorciamos.