Este último ha sido un trimestre diferente, perder el trabajo me ha hecho verme en situaciones en las que, de otro modo, creo que nunca me hubiera planteado. Y de todo se aprende.
El primer mes fue bueno, buenísimo. Tenía millones de cosas por hacer y todo me hacía ilusión, salir, quedar para comer, hacer recados, quedar para cenar, volver a salir, ir al gimnasio, viajar, salir una vez más...lo dicho, buenísimo y lo disfruté intensamente.
El segundo mes llegó de la mano del otoño, la euforia por hacer cosas se iba diluyendo y la ilusión se escondía por los rincones de algunos días de la semana. Mi cuerpo se acostumbró al nuevo horario, dejé de despertarme a las 7 de la mañana día sí, día también y mi carácter habitualmente optimista se acortaba, igual que se acortaban los días a eso de las 6 de la tarde.
El tercero, a pesar de ser mi número, ha sido muy duro, el más duro, y si eres yo y no te gusta preocupar a tu gente y hacerlos sufrir, aún es peor porque te encierras en casa, en tu mundo, no tienes ganas de hablar, porque cuando hablas estás fingiendo, no tienes ganas de arreglarte, porque para qué, si no me va a ver nadie, no tienes ganas de salir, porque sientes que todo el mundo tiene una vida y tú eres un parásito social, no tienes ilusión por nada, nada te parece bien y nada te hará reconocerlo en voz alta.
En plena depresión anímica, que no física ni mental porque en mi caso siempre se ha tratado de un problema circunstancial que a la larga tendría solución, y después de haber llegado a lo que, para mí, es el fondo, salí a desayunar un día hace un par de semanas a la panadería en la que desayuna mi madre con sus amigas.
El primer mes fue bueno, buenísimo. Tenía millones de cosas por hacer y todo me hacía ilusión, salir, quedar para comer, hacer recados, quedar para cenar, volver a salir, ir al gimnasio, viajar, salir una vez más...lo dicho, buenísimo y lo disfruté intensamente.
El segundo mes llegó de la mano del otoño, la euforia por hacer cosas se iba diluyendo y la ilusión se escondía por los rincones de algunos días de la semana. Mi cuerpo se acostumbró al nuevo horario, dejé de despertarme a las 7 de la mañana día sí, día también y mi carácter habitualmente optimista se acortaba, igual que se acortaban los días a eso de las 6 de la tarde.
El tercero, a pesar de ser mi número, ha sido muy duro, el más duro, y si eres yo y no te gusta preocupar a tu gente y hacerlos sufrir, aún es peor porque te encierras en casa, en tu mundo, no tienes ganas de hablar, porque cuando hablas estás fingiendo, no tienes ganas de arreglarte, porque para qué, si no me va a ver nadie, no tienes ganas de salir, porque sientes que todo el mundo tiene una vida y tú eres un parásito social, no tienes ilusión por nada, nada te parece bien y nada te hará reconocerlo en voz alta.
En plena depresión anímica, que no física ni mental porque en mi caso siempre se ha tratado de un problema circunstancial que a la larga tendría solución, y después de haber llegado a lo que, para mí, es el fondo, salí a desayunar un día hace un par de semanas a la panadería en la que desayuna mi madre con sus amigas.
Me gustan las amigas de mi madre, me conocen hace muchos años y están al corriente de todo, por lo menos de todo lo que es socialmente aceptable, de mi vida - que ya se ocupa mi madre de ello... - y siempre tienen alguna ocurrencia que me hace reir a pesar del frío y de las horas que son cuando ellas desayunan.
Si algo de las mañanas me gusta más que ellas son sus nietos y sobrinos pequeños. Sus familias han crecido, pero ellas son mujeres de costumbres y a las 9 de la mañana empujando cochecitos cargados de niños abrigados como esquimales, están en el Pascual (la panadería en cuestión).
A pesar de no ser niñera, y a riesgo de parecer una pesada tanto link en una misma entrada, en ese grupo de madres, ahora tías y abuelas, y pequeños, hay uno en concreto, que nos, me, tiene robado el corazón.
Se llama David, tiene 3 años y hace un par de semanas, el día en que mi yo sin ilusión bajó a desayunar, él estaba allí. Parloteaba acerca de los Reyes Magos, registraba nuestros bolsos en busca de bolígrafos y papeles que poder pintorrejear y sembraba, si es que aplica ese verbo en este caso, el contenido de todos los azucarillos que encontraba en las mesas. David es precioso y, con diferencia, el niño más ocurrente con el que me he encontrado en mi vida.
Él sabe que Gabi, una de las mujeres del grupo, es su tía, y que vive con ella porque papá trabaja todos los días, mamá está enferma y no pueden hacerse cargo de él y, Gabi es siempre, sin excepción, Tía Gabi para él. Pero como toda regla hay una excepción que la confirma, y David llama mamá a Gabi, cuando ésta va por la tarde a recogerlo al colegio. Él no quiere ser distinto, las mamás van a buscar a sus hijos, y a él le gusta sentirse así.
David es hijo de padre africano y madre española y tiene el color de piel más bonito de este mundo, un café con leche oscuro que le hace único entre un millón. Él no quiere ser distinto, los niños de su colegio son blancos y "tía Gabi, ¿a que yo soy blanco?".
Ya no os extrañará cuando leáis que David este año escribió una carta a los Reyes en las que pedía un coche, un camión, un cuento, una pelota, una bicicleta y "tía Gabi, yo quiero un traje de médico pá arreglá pershona".
Queridos Reyes Magos, es una Navidad atípica para mí y sólo quiero pediros una cosa: quiero recordar a cada instante la ilusión que sentí al oir esas palabras.
Con eso me basta para ser feliz.