El 8 de octubre es el cumpleaños de Andrea, mi ahijada, una niña monísima, tímida, educada y súper prudente a la que, para mi vergüenza, no veo más que en dos ocasiones al año: unas horas en su fiesta de cumple y en la comida de Navidad con la familia. Hoy me toca cumplir con la primera.
Se hace mayor, este año ya caen 11, y yo no estoy ni acostumbrada a tratar con niños de su edad ni con sus necesidades, con lo que el momento elegir regalo se me hace cada año más cuesta arriba. Fue fácil mientras se volvía loca con la caja que contenía un Mickey que gateaba, gracias Mattel por pensar en ese pedazo de cartón!, o cuando a los 6 años me pidió un jersei de aquellos con una bandera con barras y estrellas como el que llevaba X personaje por la tele, localizar al señor Ralph Lauren en el Corte Inglés fue bastante sencillo, o incluso cuando empezó a aficionarse a los videojuegos, ahí estaba S para echarme un cable sabiendo del tema más que nadie en este mundo y fascinando a Andrea en el momento en el que le dábamos el regalo y él le enseñaba a jugar. ¡Qué momentazo!
Hace exactamente un año, dándole vueltas a lo que podía hacer con su regalo y considerando las diferentes variables: niña, en esa edad que empieza a ser complicada y a la que no dedico nada de tiempo, a pesar de ser su madrina, opté por una solución distinta. Como si de una de
mis 4 princess se tratara, Andrea y yo íbamos a hacer un mano a mano de compras. Y así lo hicimos, y el resultado fue muchísimo mejor de lo esperado! Recorrimos varias tiendas, nos probamos zapatos, faldas, pantalones y bufandas, compramos de todo y acabamos de tapas en la terraza del Turó, porque nosotras lo valemos!.
Y como las buenas costumbres no es sano perderlas, este año he optado por hacer lo mismo, con una pequeña diferencia, que es la que hace que mientras yo escribo en el sofá del salón, ella esté durmiendo arriba.
El plan era recogerla en casa de mi primo Pedro al salir del despacho, ella estaría jugando con Alex, mi otro sobrino (al que aún veo menos, si es que eso es posible) y llevármela a casa a cenar. De acuerdo al plan, salí de
be a una hora prudente y fui a buscarla. Al llegar estaban tan monos los dos jugando con el ordenador y riéndose de cosas que sólo ellos entienden, que fui incapaz de separarlos, así que a los 10 minutos tenía en mi coche 2 bolsas de fin de semana y dos niños de 10 y 11 años con los cinturones abrochados y dispuestos a pasar un fin de semana bastante distinto, conmigo.
Sólo establecí una norma antes de poner rumbo a casa:
Este fin de semana se hace lo que vosotros queráis. ¡Todavía oigo las carcajadas!.
10 y 11 años, viernes por la noche, libres de mamá y papá? Empezamos! Cena en el Pans, primeras risas y confesiones. Última sesión de cine, siguen las risas e incorporamos las chuches. Y llega la hora de darse una ducha, lavarse los dientes e irse a dormir, y esos dos monstruitos deciden que no quieren dormir solos y que mi cama es demasiado grande para mí, con lo que, como si de dos lagartijas se tratara, se escurren dentro de ella antes de que yo me dé ni cuenta. Horas más tarde, allí siguen.
Es sábado, hace sol, me he levantado temprano, a pesar de que me estuvieron explicando cosas del tipo
"Marta, no se las puedes contar a nadie, eh, que esto son secretos!!", hasta las 2 de la mañana y me espera un buen día por delante. En una hora los despertaré comiéndomelos a besos y haciéndoles cosquillas, les haré el desayuno, dejaré a Alex con mi padre para que hagan cosas de chicos y me llevaré a Andrea a Barcelonear.
Se ha hecho mayor, creo que este año ya podemos ir a las mismas tiendas!