Correr es una de esas cosas que hacía y dejé de hacer. Podría argumentar mil razones, y siendo como soy me las creería todas, pero la realidad es que estoy convencida que cuando una persona deja de hacer algo es porque así lo decide, y atribuirlo a causas externas me suena a escurrir el bulto y/o a buscar excusas de mal pagador. I això si que no.
Yo corría. Y dejé de correr.
Yo corría. Y ayer volví a correr.
Y no podía hacerlo como las personas normales (sea la normalidad lo que quiera ser), no, yo tenía que volver a correr en una carrera, que condiciona absolutamente tu ritmo; por la calle, cuando siempre he corrido en cinta; al sol, cuando en el DIR hay aire acondicionado y sombra; con desnivel, cuando en máquina todo es bien llano; habiendo gintoniqueado hasta las tantas la noche anterior, cuando sé que metabolizo fatal el alcohol; y con amigos más en forma que yo, cuando estar en mejor forma que yo roza el ridículo de la dificultad. Pero así soy yo, ayer era la Cursa del Bombers y quién dijo miedo?
Amaneció un domingo radiante, desayuné como y cuando tocaba y a las 9, nerviosa y emocionada, no sé si por la falta de descanso, la repentina consciencia de mi inconsciencia o por ver tanta camiseta amarillo fosforito muy chillón a mi alrededor, estaba como un clavo en Arc de Triomf.
Decir que la acabé dentro del tiempo marcado me hace sentir francamente orgullosa de mí misma, pero en esta vida hay que ser justo y coherente, y confieso que en el kilómetro 4.5 yo iba a abandonar. Había forzado mi trote, había perdido a las personas que corrían conmigo y no me veía capaz de enfrentarme a los 6 kilómetros y medio que tenía por delante.
Mientras pensaba en buscar el momento en el que salir del circuito de forma discreta y sin llamar la atención de las asistencias, oí a un grupo que trotaba detrás, gritar mi nombre. Girarme y ver a mis amigos de Lleida, unos espartanos que corren largas distancias en tiempos impresionantes, allí detrás, me dio aliento para seguir con ellos, o mejor dicho, ellos conmigo, y durante más de 6 kilómetros, Sergi, Pauli, Joan y Cristina, trotaron a mi lado, me empujaron cuando paraba, me dieron agua cuando no podía más y con sus gritos, bromas y cariño, no me dejaron sola ni un momento, sin importarles sus tiempos.
No tengo palabras para describir lo que significó para mí reencontrarme a Oriol y Carlos en el 7, a los que había perdido en el 4.5, encontrar a Alex y poder abrazarnos en el 8 o ver que Núria, en jeans y lesionada!, se unía a trotar a mi lado del 9 al 10. No es que no las tenga, es que no hay palabras.
Cruzar la meta, abrazarnos sin importar el dolor, el sudor y lo mal que lo habíamos pasado y sentir dentro de mí que, en palabras de Oriol "En dies com avui te n'adones que el món no gira sol, el fa girar un munt de bona gent".
I que segueixi girant, si us plau