Friday, 30 November 2007

Le cinquième jour de la semaine

Llevo 3 viernes que no se los deseo a mi peor enemigo, y los 3 han sido provocados por situaciones absurdas a las que les hemos permitido que nos afectaran demasiado provocando una reacción en cadena que, por lo menos los dos últimos fines de semana, se alargaron hasta bien entrado el sábado.

La sensación de tristeza, vacío, rabia, malestar, me puede...hace que, a pesar de estar bien, esté mal, que se me quiten las ganas de entrar y/o salir, que no me apetezca ver ni hablar con nadie y que la única compañía tolerada en esos momentos sea la de la tele, el sofá y una manta. Patético. Lo sé. Pero por más que intento solucionarlo, no lo consigo. Me siento así y no sé cambiarlo.

Lo peor de todo es que estar así me genera un sinvivir que no me permite hacer nada sin dudar. Quiero encontrar el momento para arreglarlo, pero no quiero hacerlo. Quiero ir a tomar algo para romper el entorno y la situación pero no quiero decirlo. Quiero hablarlo, pero no quiero dar mi brazo a torcer. Y me siento perdida aunque sé que la solución está al alcance de mi mano, y no hago nada.

Es todo muy confuso, se mezclan demasiadas cosas, emociones, sentimientos, palabras, acciones... y si le sumas que yo tiendo a personalizar demasiado las cosas que suceden a mi alrededor, la mezcla es explosiva.

¿Por qué en vísperas de fin de semana?

Tuesday, 20 November 2007

Sweet moments

Monday, 19 November 2007

El hábito de dar y entender

Cuando un viernes a mediodía te llega un mensaje de una persona a la que hace casi 3 años que no ves, de un entorno que dejaste atrás, sin saber ahora muy bien por qué, invitándote a una fiesta y eres del género prudente, como es mi caso, lo primero que piensas es que se trata de un error.

La misma prudencia sumada al cariño de los años te hacen no borrarlo. Lo miras, lo relees una y mil veces y deseas que no se trate de un error. Recurres a tu ángel de la guarda, la que siempre está ahí, y le cuentas tus temores. Y ella, con la energía positiva que la caracteriza, te confirma que no hay error y con su fuerza maravillosa, te empuja a asistir.

A pesar de todo, la prudencia me puede, no me gusta molestar, no quiero invadir ese círculo tan íntimo del que salí de puntillas sin ni siquiera despedirme y me paso el sábado penduleando entre el y el no, como si de un referendum de mi propia cabeza se tratase.

Finalmente gana el sí y me planto ante esa puerta a las 11 de la noche hecha un manojo de nervios.

Ojalá me hubieran dicho en los exámenes de octavo que no hay nada para los nervios como un buen abrazo y que, además, mientras te abrazan te digan que cómo podías haber pensado que se trataba de un error, hace que te sientas en la gloria!

Lo siguientes abrazos, que alguien a quien quiero mucho a pesar de los años pasados, me mirara fijamente repitiendo mi nombre en voz alta varias veces como sin creerse que estuviera allí y que ella estuviera serena y pendiente de mí, de que me sintiera bien en todo momento, me hace, una vez más, sentirme tremendamente afortunada.

Eso es la generosidad: que cuenten contigo, que te digan que todo da igual, que nada importa, que seguimos siendo los mismos, que no me vuelva a perder y que esté tranquila, que nadie me pedirá explicaciones ni me preguntarán nada.

Debo inventar una nueva palabra, por las cosas buenas que me están pasando en la vida, GRACIAS ya no es suficiente.

Monday, 12 November 2007

Mojitos con Perrier

La vida está llena de sorpresas, de casualidades mágicas que convierten pequeñas cosas en momentos realmente especiales, de esos que te dan la vida, que dic jo.

Todo empezó con un mensaje ansioso por mi parte para darle a Blanca su regalo de cumpleaños - y es que la paciencia, especialmente cuando a regalos se refiere, no es una de mis virtudes - que enlazó con una invitación a su fiesta de cumpleaños valenciana, aunque yo soy una amiga de Barcelona a la que no le tocaba ir a esa fiesta, y culminó con un fin de semana fantástico en su casa, en la capital del Turia.

Invitar a alguien a tu casa, a mi entender, es una muestra de cariño impagable. Estás permitiendo a alguien de fuera compartir tu espacio y tu más absoluta intimidad, eso que compartimos las personas cuando estamos en casa y que es limitado a un pequeño círculo de confianza. Así que cómo no sentirse honrado por ello?

Si le añades que no estoy pasando mi mejor momento, emocionalmente hablando, el regalo es doble y si además, esas personas no sólo comparten su espacio contigo, sino que te hacen sentirte parte de él como uno más, eso sí que no tiene precio.

Hace casi 12 años que somos amigas, hemos pasado de todo juntas y hemos superado millones de cosas, lo que hace, sin lugar a dudas, que las relaciones maduren y se enriquezcan, y nuestra amistad, a pesar de que por la edad debería ser una adolescente pueril e irascible, es una amistad adulta, madura y maravillosa. Y es que Blanquita es uno de esos grandes, y escasos, regalos que nos reserva la vida a cada uno y yo la adoro.

Durante estos 12 años el trato ha sido blanca-marta y su familia y la mía no han sido protagonistas activos de nuestra amistad. Había coincidido con ellos en entornos poco dados a la conversación: un tanatorio, un saludo a través de la ventana de un bar, o cruzarnos por la Diagonal...entornos imposibles, en definitiva! Pero su familia después de los años y los millones de conversaciones entre nosotras, han pasado a formar casi parte de la mía, es como si los conociera de siempre y cuando existe esa sensación y llega el momento físico de tenerlos delante y poder saludarlos, es algo realmente especial - y ese momento llegó el sábado por la mañana.

Ha sido un gran fin de semana, nos hemos reído, nos hemos abrazado, hemos bailado, hemos bebido, hemos descansado, nos hemos querido, y, además, hemos seguido alimentando nuestra amistad, lo que para mí, es el mejor de los regalos que, aunque era ella la que debía recibirlos porque es su cumpleaños, generosamente me ha dado.

hoy es 12 de noviembre
¡muchísimas felicidadades, Blanca!

Monday, 5 November 2007

Paseando a Miss Daisy

Vivir tan lejos del lugar en el que trabajo provoca que pase muchas horas a la semana en el coche. Me gusta conducir, me genera, aunque ya hayan pasado 10 años desde que me aceptaron en el club de los aptos para el carnet rosa, una sensación de independencia y libertad que es muy agradable y de la que disfruto muchísimo, pero eso no quita que también me encante que me lleven, que me paseen por la ciudad, o por donde sea, mientras que yo puedo dedicarme a mirar por la ventana y disfrutar del momento.

Las personas que no me conocen demasiado se sorprenden cuando les cedo las llaves de mi coche en el momento de ir juntos a algún sitio: los jueves como con Edu y no conduzco jamás, los viernes con Serra y Juanito y son ellos los que se turnan para conducir, la última vez que estuve en Ikea con Albert él llevó el coche de vuelta a casa, el miércoles estuve en Barcelona en una reunión y Joan fue el que estaba al volante y ayer al volver de Can Costa le cedí las llaves a Javier. Son muy distintos entre ellos, conducen de forma muy diferente pero a todos, sin excepción, se les quedó la misma cara la primera vez que puse las llaves del Golf en sus manos. Y es que entiendo que pueda resultar extraño, pero es que yo ya conduzco demasiado y confío en ellos - me llevaran sana y salva al sitio al que tengamos que ir.

Soy de confianza fácil al volante, pocas veces he hecho un trayecto en el que necesitara sujetarme al asiento y/o tomarme un antiácido, porque pocas veces me relaciono de forma tan directa, como es ir en coche, con alguien que no tenga demasiado sentido común. Pero para todo hay excepciones y ahí están los taxis.

Vivo en las afueras de la ciudad, con lo que no soy una gran clienta para los señores del coche negro y amarillo con la lechuga verde. Generalmente hago uso de ellos cuando necesito ir al aeropuerto a horas intempestivas de la mañana, en las que aún no me explico como es que las calles ya están puestas, y en el viaje contrario, que también suele ser a horas intempestivas de la noche, y durante el que, para mi sorpresa, las calles aún siguen ahí (qué eficiencia los señores de fomento con el montaje y desmontaje diario del asfalto).

Como soy mujer de costumbres hago siempre uso de la misma compañía. Yo sólo tengo que llamarles y ellos, hay que ver qué listos!, cuando ven mi teléfono ya saben quien soy, donde vivo, como pago y a donde suelo ir. Es perfecto, todo está bajo control y mi confianza intacta.

El tema cambia cuando llegas al aeropuerto de Ibiza en pleno mes de Julio a las 12 de la noche, tienes que desplazarte hasta la otra punta de la isla y el único medio de transporte viable es el taxi. Te encaminas a la cola de los taxis y te encomiendas a la suerte; primero para que no tengas que esperar una eternidad, después para encontrar uno en el que quepan las maletas con ropa para 3 semanas y, finalmente, para que el conductor tenga un nivel de sentido común aceptable que me permita mantener mi status de confianza cuando es otro el que lleva el volante.

No hubo colas, pero eran las 12 e Ibiza, así que no tiene mérito. Había espacio en el maletero, pero claro, era un monovolumen. Y no, no tenía sentido común.

Durante 30 minutos, que debe ser lo que se tarda en cruzar la isla entera, Estrella y una servidora fuimos dando bandazos en el asiento de atrás de aquel buen hombre (!) que conducía por aquellas carreteras de dios a 140 kilómetros por hora, cuando el límite marcaba 80 (!!), mientras bebía redbull (!!!) y con un volumen de música que no tenía nada que envidiar a la mejor de las discotecas de la isla (!!!!).

Tras pedirle en varias ocasiones que redujera la velocidad y él hiciera oídos sordos en todas ellas, llegamos a nuestro destino.

Nos dejó en la cala en la que, según él, atracaban los barcos, descargó nuestras maletas y desapareció. Al bajar a la cala Estrella y yo nos miramos, y el mismo pensamiento cruzó nuestras mentes...Esta es la cala en la que atracan los barcos?! Pero si existen auxiliares más grandes que aquellas barquitas de pescadores!!.

En realidad nuestro destino estaba 1200 metros más arriba, al final de una cuesta infinita que se eternizó bajo el peso de nuestras maletas. Por suerte, las maletas las conducíamos nosotras y sí, vamos bien servidas de sentido común.

Saturday, 3 November 2007

Las señales y el tiempo

A veces sentimos que la vida es un tren que vemos pasar y nunca damos alcance. Nos pasa de largo y desde dentro, a través de esas frías ventanas que tienen todos los trenes, nos observan caras de personas que, en muchas ocasiones, son las que dan sentido a nuestra vida.

Ellos pasan, los miramos, nos lamentamos y al momento, un resorte interior que no sé bien donde escondemos, nos saca de nuestros lamentos y nos lleva de vuelta al sitio en el que teníamos que estar porque nos esperan o porque teníamos algo que hacer o, sencillamente, porque es lo que nos toca.

Evidentemente, yo no soy una excepción. O no lo era.

Porque ahora, tengo la sensación de que, a pesar de todo, controlo el tiempo y de que o el tren de la vida, ese Talgo antiguo y que hace mil paradas, ha ralentizado su velocidad o de que yo, sin saber muy bien como, voy subida en algo distinto.

Es curioso, esta tarde volvía a casa por la autovía que transcurre junto a las nuevas vías que nos acercaran la "alta velocidad" a los barceloneses - vías que habitualmente están ocupadas por operarios que trabajan en ellas y por viejas máquinas de tren que transportan a esos operarios y sus herramientas - cuando he visto que un tren muy blanco, estilizado y con una nariz bastante particular, avanzaba por ellas.

- el AVE! - he exclamado.
- anda Marta, si la obra no está acabada! - me han contestado.

Iba lento, a una velocidad absurda, la misma velocidad que parece que es la que está caracterizando su llegada, pero era él (si es que se puede utilizar un él para un tren...). Y como soy de un egocentrismo absoluto cuando se trata ver señales dirigidas a mí donde no existen, he actuado como corresponde, y me la he hecho mía.

Ese tren me indica que llego a todo, que sí, que trabajo mucho y todas esas cosas, pero que a pesar de ello, estoy encontrando tiempo para todos, incluso para mí - cosa que estaba descuidando demasiado - y eso me hace tremendamente feliz porque me permite disfrutar de muchas cosas que el tren de la vida en muchas ocasiones nos niega y es que, no lo veis?, tengo asiento en el AVE!

¡Que para eso están las señales!