Thursday, 12 June 2008

Cambios de estación

Yo estudié unos años en un colegio de monjas, de esos antiguos, con grandes edificios rodeados de vallas muy altas.

Llegué a ese colegio de rebote, por las circunstancias de la vida de mi familia en aquellos momentos, y a mi llegada, las vacantes libres en los grupos de amistad de aquellas niñas eran escasas. Vivir lejos del colegio y, por lo tanto, de donde mis compañeras de clase vivían, tampoco ayudaba demasiado, aún así, encontré un espacio pequeño, en él planté mi quechua y allí me quedé los siguientes cursos.

El problema de las quechuas es que no son demasiado íntimas ni estables, por un lado todo te llega, las paredes de la quechua no te aíslan de miradas y comentarios, y, por otro, ser la nueva no es fácil y desde la quechua te toca hacer frente a viento y marea. Pero llevo sangre leonesa en las venas, y eso me hace luchar sin darme por vencida hasta el final.

Había una niña que pateaba mi quechua cada día, sin excepción. Esa niña encontraba cada mañana un nuevo motivo por el que odiarme y con el que engrosar así su lista: mi pelo, mi letra, mis estuches, mi almuerzo...cualquier excusa era buena para iniciar un ataque.

Mi colegio de vallas muy altas, era un colegio de niñas, de esos en los que todas íbamos vestidas con un soso uniforme azul marino que no dejaba demasiado margen, cuando demasiado es un eufemismo evidente, a la diferenciación. Al llegar el invierno cubríamos nuestro uniforme con un abrigo del mismo azul y cuando las temperaturas se volvían más primaverales, una chaquetita de punto sustituía el grueso abrigo que, en los meses más fríos, no nos dejaba jugar bien a pichi en el patio.

La chaquetita...

Me pasaba los meses de invierno deseando que el cambio climático (el de antes, no del que ahora hablan políticos, periodistas e incluso curas..) se diera de la noche a la mañana. Deseaba que cambiáramos los abrigos y las bufandas por la manga corta, sin pasar por el duro trámite, en el que para mí se convirtió - gracias a la niña de las patadas en la quechua - llevar las chaquetas azul marino.

Las chaquetas en cuestión, mis chaquetas, eran del mismo color que las suyas, del mismo que las de todas las niñas, pero en las mías había un insolente cocodrilo de color verde bordado en uno de los lados que, durante los meses de primavera, era el principal blanco de ataques de la niña patadas.

Mi madre me decía que eran cosas de crías, envidias tontas sin ningún fundamento y que no podía permitir que me afectaran. Probablemente tenía razón, pero mi madre no tenía que salir a jugar al patio, ni entrar en clase, ni sentarse a su lado, porque el destino, que es muy perro cuando se pone, hizo que nuestros apellidos nos hicieran compartir pupitre muchos meses durante aquellos años.

Un día me armé de valor, esa sangre leonesa!, cogí aire, entré en clase, cambié en los colgadores su chaqueta por la mía y esperé a que llegara el momento de irnos. Esa tarde me levanté la primera del pupitre, corrí al vestidor, me puse su chaqueta cambiada y esperé fuera a observar su reacción.

Yo no podía prever lo que iba a pasar en aquel momento pero su reacción, una vez pasada, debo reconocer que era realmente impredecibile.

La niña patadas entró al vestidor, cogió la chaqueta que colgaba de su percha y notó, supongo que al tacto, que no era la suya. Antes de ponérsela, la miró, vio el cocodrilo repelente que tantos problemas me había causado, lo acercó a su cara y, como si de un anuncio de suavizante se tratara, lo restregó suavemente contra su mejilla. Con una sonrisa en los labios, se la puso y salió del vestidor.

Al verme fuera esperando, me miró muy seria, la niña patadas se reía poco, tocó la manga de mi chaqueta, que ya era suya, con cariño, y se despidió de mí, por primera vez en años, con un seco hasta mañana.

Y así lo siguió haciendo siempre.

4 comments:

el paseante said...

Sigues en contacto con la niña patadas?

Yo también estudié en un colegio de curas. Pero las cornadas por envidias me las llevé años más tarde en la vida profesional.

Por cierto, tengo una cuarta parte de sangre leonesa. Así que no te metas conmigo :-)

marta said...

No, no he tornat a saber res de la niña patadas. Mai vam arribar a ser amigues, però va deixar de ficar-se amb mi, que ja és molt!

Una cuarta parte...y debería impresionarme? :-P

EvitaBlu said...

Hola...¿se puede?

Creo que todos hemos juzgado de manera equivocada alguna vez en la vida al pobre cocodrilo verde y te confieso que tengo uno desde hace poco y además creo que es falso.
De lo que no tengo ninguna duda es de que este episodio marcó para siempre a la niña patadas.

Que bonito has escrito mi enlace, pero ¿cómo has sabido lo de "humo"?

Un beso

marta said...

Gracias por la visita, Eva!

Yo le tengo cierta tirria al bicho en cuestión y más ahora que se han decidido a pasar por alto el concepto discreción y los hacen de palmo de largo!

Kimonos de humo, me gusta - le pregunté al señor google ;-)