Hace unos días, puede que algunas semanas, vi una campaña online con un copy que me encantó. Decía algo así:
"Cada vez que duermes, tu mente deshecha aquello que no considera digno de ser conservado. El 99% de tu vida nunca habrá sucedido.
Sin embargo, cuando algo te acelera el pulso y hace que te frotes los ojos, tu cerebro comprende su enorme valor. Es consciente de que ha asistido a una experiencia única. Y la atesora para siempre como un recuerdo.
Nuestra naturaleza se niega a que esos momentos sean sólo momentos. Tal vez ésa sea la razón por la que recordamos. Para poder vivirlos de nuevo"
Se me acelera el pulso con facilidad, debe ser culpa de la intensidad con la que vivo mi vida y siento mis emociones, me rasco los ojos a menudo y duermo poco, suficientemente poco como para que mi mente no tenga tiempo de eliminar cosas que ella, unilateralmente, considera indignas de conservar, y recuerdo muchas cosas, muchísimas.
Pero muchas de ellas no quiero revivirlas. Si las tengo que revivir es porque se quedaron en el pasado y no hemos seguido caminos paralelos que nos hayan llevado a un presente común en el que no existe la necesidad de revivirlas. Aquí, en este presente, reside el lujo de poder vivir cosas nuevas que alimentan las ya vividas, de seguir sumando, de crecer con los que estaban y sumar con los que han llegado, de aprender, de equivocarte, de caer y volverte a levantar una vez más, de seguir sintiendo el Sol sobre la piel, aunque a veces nos queme, de creer, de respirar, de sentir, de compartir, de VIVIR, de no tener miedo, de sentir que el 99% de mi vida, sí que ha existido.
Me gusta rascarme los ojos, pero mi cerebro no necesita esa señal para comprender el enorme valor de algunos momentos. Creo que en mi caso, esos momentos únicos los gestiona mi corazón, los siente mi piel y sobre ella se quedan marcadas como señales del tiempo.
#intensidad
1 comment:
La vida es un poco eso: vivir para fabricar recuerdos. Y como no somos mecanismos perfectos, a menudo vivimos mal y generamos malos recuerdos. Pero en ocasiones, en contadas ocasiones, nos convertimos en ostras para crear una perla.
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