Vivir tan lejos del lugar en el que trabajo provoca que pase muchas horas a la semana en el coche. Me gusta conducir, me genera, aunque ya hayan pasado 10 años desde que me aceptaron en el club de los aptos para el carnet rosa, una sensación de independencia y libertad que es muy agradable y de la que disfruto muchísimo, pero eso no quita que también me encante que me lleven, que me paseen por la ciudad, o por donde sea, mientras que yo puedo dedicarme a mirar por la ventana y disfrutar del momento.
Las personas que no me conocen demasiado se sorprenden cuando les cedo las llaves de mi coche en el momento de ir juntos a algún sitio: los jueves como con Edu y no conduzco jamás, los viernes con Serra y Juanito y son ellos los que se turnan para conducir, la última vez que estuve en Ikea con Albert él llevó el coche de vuelta a casa, el miércoles estuve en Barcelona en una reunión y Joan fue el que estaba al volante y ayer al volver de Can Costa le cedí las llaves a Javier. Son muy distintos entre ellos, conducen de forma muy diferente pero a todos, sin excepción, se les quedó la misma cara la primera vez que puse las llaves del Golf en sus manos. Y es que entiendo que pueda resultar extraño, pero es que yo ya conduzco demasiado y confío en ellos - me llevaran sana y salva al sitio al que tengamos que ir.
Soy de confianza fácil al volante, pocas veces he hecho un trayecto en el que necesitara sujetarme al asiento y/o tomarme un antiácido, porque pocas veces me relaciono de forma tan directa, como es ir en coche, con alguien que no tenga demasiado sentido común. Pero para todo hay excepciones y ahí están los taxis.
Vivo en las afueras de la ciudad, con lo que no soy una gran clienta para los señores del coche negro y amarillo con la lechuga verde. Generalmente hago uso de ellos cuando necesito ir al aeropuerto a horas intempestivas de la mañana, en las que aún no me explico como es que las calles ya están puestas, y en el viaje contrario, que también suele ser a horas intempestivas de la noche, y durante el que, para mi sorpresa, las calles aún siguen ahí (qué eficiencia los señores de fomento con el montaje y desmontaje diario del asfalto).
Como soy mujer de costumbres hago siempre uso de la misma compañía. Yo sólo tengo que llamarles y ellos, hay que ver qué listos!, cuando ven mi teléfono ya saben quien soy, donde vivo, como pago y a donde suelo ir. Es perfecto, todo está bajo control y mi confianza intacta.
El tema cambia cuando llegas al aeropuerto de Ibiza en pleno mes de Julio a las 12 de la noche, tienes que desplazarte hasta la otra punta de la isla y el único medio de transporte viable es el taxi. Te encaminas a la cola de los taxis y te encomiendas a la suerte; primero para que no tengas que esperar una eternidad, después para encontrar uno en el que quepan las maletas con ropa para 3 semanas y, finalmente, para que el conductor tenga un nivel de sentido común aceptable que me permita mantener mi status de confianza cuando es otro el que lleva el volante.
No hubo colas, pero eran las 12 e Ibiza, así que no tiene mérito. Había espacio en el maletero, pero claro, era un monovolumen. Y no, no tenía sentido común.
Durante 30 minutos, que debe ser lo que se tarda en cruzar la isla entera, Estrella y una servidora fuimos dando bandazos en el asiento de atrás de aquel buen hombre (!) que conducía por aquellas carreteras de dios a 140 kilómetros por hora, cuando el límite marcaba 80 (!!), mientras bebía redbull (!!!) y con un volumen de música que no tenía nada que envidiar a la mejor de las discotecas de la isla (!!!!).
Tras pedirle en varias ocasiones que redujera la velocidad y él hiciera oídos sordos en todas ellas, llegamos a nuestro destino.
Nos dejó en la cala en la que, según él, atracaban los barcos, descargó nuestras maletas y desapareció. Al bajar a la cala Estrella y yo nos miramos, y el mismo pensamiento cruzó nuestras mentes...Esta es la cala en la que atracan los barcos?! Pero si existen auxiliares más grandes que aquellas barquitas de pescadores!!.
En realidad nuestro destino estaba 1200 metros más arriba, al final de una cuesta infinita que se eternizó bajo el peso de nuestras maletas. Por suerte, las maletas las conducíamos nosotras y sí, vamos bien servidas de sentido común.
Las personas que no me conocen demasiado se sorprenden cuando les cedo las llaves de mi coche en el momento de ir juntos a algún sitio: los jueves como con Edu y no conduzco jamás, los viernes con Serra y Juanito y son ellos los que se turnan para conducir, la última vez que estuve en Ikea con Albert él llevó el coche de vuelta a casa, el miércoles estuve en Barcelona en una reunión y Joan fue el que estaba al volante y ayer al volver de Can Costa le cedí las llaves a Javier. Son muy distintos entre ellos, conducen de forma muy diferente pero a todos, sin excepción, se les quedó la misma cara la primera vez que puse las llaves del Golf en sus manos. Y es que entiendo que pueda resultar extraño, pero es que yo ya conduzco demasiado y confío en ellos - me llevaran sana y salva al sitio al que tengamos que ir.
Soy de confianza fácil al volante, pocas veces he hecho un trayecto en el que necesitara sujetarme al asiento y/o tomarme un antiácido, porque pocas veces me relaciono de forma tan directa, como es ir en coche, con alguien que no tenga demasiado sentido común. Pero para todo hay excepciones y ahí están los taxis.
Vivo en las afueras de la ciudad, con lo que no soy una gran clienta para los señores del coche negro y amarillo con la lechuga verde. Generalmente hago uso de ellos cuando necesito ir al aeropuerto a horas intempestivas de la mañana, en las que aún no me explico como es que las calles ya están puestas, y en el viaje contrario, que también suele ser a horas intempestivas de la noche, y durante el que, para mi sorpresa, las calles aún siguen ahí (qué eficiencia los señores de fomento con el montaje y desmontaje diario del asfalto).
Como soy mujer de costumbres hago siempre uso de la misma compañía. Yo sólo tengo que llamarles y ellos, hay que ver qué listos!, cuando ven mi teléfono ya saben quien soy, donde vivo, como pago y a donde suelo ir. Es perfecto, todo está bajo control y mi confianza intacta.
El tema cambia cuando llegas al aeropuerto de Ibiza en pleno mes de Julio a las 12 de la noche, tienes que desplazarte hasta la otra punta de la isla y el único medio de transporte viable es el taxi. Te encaminas a la cola de los taxis y te encomiendas a la suerte; primero para que no tengas que esperar una eternidad, después para encontrar uno en el que quepan las maletas con ropa para 3 semanas y, finalmente, para que el conductor tenga un nivel de sentido común aceptable que me permita mantener mi status de confianza cuando es otro el que lleva el volante.
No hubo colas, pero eran las 12 e Ibiza, así que no tiene mérito. Había espacio en el maletero, pero claro, era un monovolumen. Y no, no tenía sentido común.
Durante 30 minutos, que debe ser lo que se tarda en cruzar la isla entera, Estrella y una servidora fuimos dando bandazos en el asiento de atrás de aquel buen hombre (!) que conducía por aquellas carreteras de dios a 140 kilómetros por hora, cuando el límite marcaba 80 (!!), mientras bebía redbull (!!!) y con un volumen de música que no tenía nada que envidiar a la mejor de las discotecas de la isla (!!!!).
Tras pedirle en varias ocasiones que redujera la velocidad y él hiciera oídos sordos en todas ellas, llegamos a nuestro destino.
Nos dejó en la cala en la que, según él, atracaban los barcos, descargó nuestras maletas y desapareció. Al bajar a la cala Estrella y yo nos miramos, y el mismo pensamiento cruzó nuestras mentes...Esta es la cala en la que atracan los barcos?! Pero si existen auxiliares más grandes que aquellas barquitas de pescadores!!.
En realidad nuestro destino estaba 1200 metros más arriba, al final de una cuesta infinita que se eternizó bajo el peso de nuestras maletas. Por suerte, las maletas las conducíamos nosotras y sí, vamos bien servidas de sentido común.
15 comments:
No sé por qué pero la escena la imagino contigo arrastrando una Samsonite de dos ruedas... Y 1200 m de cuesta y por la noche como experiencia no está nada mal!
sparkling
Era una Mandarina negra y pesaba como si fuera llena de piedras la muy....!!!
Aunque se portó como una reina! Aguantó la cuesta (con mis maldiciones), las escaleras de bajada a la segunda cala, atravesar toda la playa por la arena y un viaje de 10 minutos en la más absoluta oscuridad en una auxiliar inundada. Y sólo se le rompió el asa!
marta
Deberías dedicarte al marketing o a ventas -por lo convincente que resultas- y para empezar podrías ponerte en contacto con los de Mandarina Duck. Estarían encantados de leerte!
:)
sparkling
Bueno, veo que alguien está de acuerdo conmigo en que, tras diferentes momentos ensayo-error en la universidad, finalmente acerté la profesión.
;)
No estaría mal - así me arreglarían el asa!
Psché, para una vez que arrimas el hombro... ^_^
Dijo el de la cadera fija!
marta
El taxi de Ibiza, ¿era un taxi “legal”?. Lo digo por aquello de haber tomado el número de licencia, que siempre es buena cosa.
Claro, claro, Miss Daisy, ahora dirá usted también que los prefiere “morenitos” al volante (jejeje, es que estaba acordándome de la peli) ^^
Entiendo que en tu caso particular lo de darle las llaves a otra persona es por cuestión de pereza, de disfrutar del paisaje. Sin embargo, convendrás conmigo en un rasgo muy extendido entre las mujeres, que es que a casi todas ellas les encanta ver a un hombre al volante. Al parecer es un detalle que les resulta sexy. ¡Qué cosas! :O
Un saludo.
Pues por qué negarlo - morenitos sí y tienes razón, me parece sexy un hombre al volante.
Hay algo particularmente sensual en la posición que adoptáis al dar marcha atrás...eso de girar la cabeza, poner el brazo en el otro asiento...hummmm...!!!!
sí, ya, estoy enferma XD
claro que era un taxi legal! pero bueno, este chico... ;-)
A mi no me gusta conducir. Conduzco demasiado, hago demasiados kilómetros. Y llevo un coche bueno, pero que no me gusta.
No tengo la cadera fija, cosa que he demostrado ampliamente durante muchos años. Lo que pasa es que el esfuerzo físico me persigue... pero yo soy más rápido.
Ibiza tardarías algo más de 30 minutos en cruzarla de punta a punta en el pasado (hay más kms de los que parecen)...es posible que ahora por la autovía (carreteras de Dios?) sí tardes media hora....es temerario llegar a esa hora y esperarte que te recoja el Tom Ford del Taxi!(sin coche reservado en el mismo aeropuerto)...pero si eso te pareció una aventura, te invito a tomar un taxi o mucho mejor un BUS en Barcelona o un tren (que están de moda)y tal vez entonces te parezca una auténtica bendición lo que te encontraste en Ibiza!
mi nuev@ comentarista anónim@ debe ser de ibiza me temo y se ha sentido ofendid@...
disculpas miles, en mi relato no se esconde una crítica a una isla que me encanta.
en futuras ocasiones, cuando necesite a Tom Ford (qui deu ser...) reservaré un coche.
Sabes perfectamente quién es Tom Ford...alguien como tú lo sabe...
Bueno me encanta que te encante la isla, no te pierdas los atardeceres de Cap des Falcó ni los Domingos en Blue Marlin!
Ciao
uiii, alguien como yo...
sí, conozco a un tom ford, pero jamás se me ocurriría asociar su nombre junto a la palabra taxi...ni siquiera por compensar!! :)
gracias por los consejos - la próxima vez me los llevo en el itinerario.
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