Hace unos años notaba un tic tac en mi interior que atribuí al famoso reloj biológico ese que todos debemos llevar dentro. Como no podía ser de otra manera, tratándose de mí, aquel no era el momento para escucharlo, así que igual que hago cada noche con el despertador para poder dormir, lo escondí en el cajón de la mesilla y pasaron años antes de que volviera a pensar en él.
Cuando llegó el momento, y realmente parecía ser el momento adecuado, la situación no pintaba muy estable, así que durante un breve lapso de tiempo, que podría ser considerado casi como un momento de temeridad, decidí escuchar de nuevo el tic tac del reloj. La madre naturaleza no nos sonrió en ese momento en lo que a la fecundidad se refiere, pero por suerte nos iluminó el camino y la mente y nos dimos cuenta de que existen desiertos con más vida que aquello. Y enterramos de nuevo el reloj.
Ahora no sé si el reloj está enterrado o se me cayó por la borda el verano pasado en Ibiza junto con las gafas de sol de Estrella, sea como fuere, y no sólo por mi situación personal que evidentemente no es propicia, creo que la responsabilidad de hacer eterno el apellido, le va a tocar a mi primo David.
Mi madre siempre dice que no es niñera, y debe ser genético, porque yo tampoco. Me gustan, los miro, los cojo, les doy besos y aliviada los devuelvo a sus padres, que para eso los trajeron al mundo.
Algo diferente ocurre cuando uno de esos locos bajitos es ella. La adoro desde que vi la barriga de Inma por primera vez, perdí la cabeza por ella un día soleado de agosto hace 3 años y sigo sin recuperarla.
El mejor regalo que pudieron hacerme Inma y su familia desde el momento en que Júlia nació fue considerarme la “tía Marta”. Sus padres, su hermano, ella…durante estos años cada vez que hemos hablado por teléfono o nos hemos visto Júlia ha saludado a la tía Marta o le ha dado un besito a la tía. Así ha sido siempre, y siempre me he sentido honrada y orgullosa de ese parentesco, aunque creo que nunca se lo he reconocido, pero significa muchísimo para mí, no lo pedí, me vino dado, sin esperarlo y eso lo dota de un valor aún mayor.
Estuve hace unos días en Vinarós. Ella está más bonita que nunca, se ha hecho mayor, habla bien, sabe lo que quiere, canta canciones, monta puzzles y cuando se ve perdida con alguna de las piezas, alarga la mano hacia quien tiene sentada en la alfombra junto a ella y le dice: “Tia Marta, m’ajudes?”.
Y entonces miro mi brazo, y tengo los pelos de punta, y siento un escalofrío por la espalda y una pequeña gota húmeda recorre mi mejilla derecha.
Cuando llegó el momento, y realmente parecía ser el momento adecuado, la situación no pintaba muy estable, así que durante un breve lapso de tiempo, que podría ser considerado casi como un momento de temeridad, decidí escuchar de nuevo el tic tac del reloj. La madre naturaleza no nos sonrió en ese momento en lo que a la fecundidad se refiere, pero por suerte nos iluminó el camino y la mente y nos dimos cuenta de que existen desiertos con más vida que aquello. Y enterramos de nuevo el reloj.
Ahora no sé si el reloj está enterrado o se me cayó por la borda el verano pasado en Ibiza junto con las gafas de sol de Estrella, sea como fuere, y no sólo por mi situación personal que evidentemente no es propicia, creo que la responsabilidad de hacer eterno el apellido, le va a tocar a mi primo David.
Mi madre siempre dice que no es niñera, y debe ser genético, porque yo tampoco. Me gustan, los miro, los cojo, les doy besos y aliviada los devuelvo a sus padres, que para eso los trajeron al mundo.
Algo diferente ocurre cuando uno de esos locos bajitos es ella. La adoro desde que vi la barriga de Inma por primera vez, perdí la cabeza por ella un día soleado de agosto hace 3 años y sigo sin recuperarla.
El mejor regalo que pudieron hacerme Inma y su familia desde el momento en que Júlia nació fue considerarme la “tía Marta”. Sus padres, su hermano, ella…durante estos años cada vez que hemos hablado por teléfono o nos hemos visto Júlia ha saludado a la tía Marta o le ha dado un besito a la tía. Así ha sido siempre, y siempre me he sentido honrada y orgullosa de ese parentesco, aunque creo que nunca se lo he reconocido, pero significa muchísimo para mí, no lo pedí, me vino dado, sin esperarlo y eso lo dota de un valor aún mayor.
Estuve hace unos días en Vinarós. Ella está más bonita que nunca, se ha hecho mayor, habla bien, sabe lo que quiere, canta canciones, monta puzzles y cuando se ve perdida con alguna de las piezas, alarga la mano hacia quien tiene sentada en la alfombra junto a ella y le dice: “Tia Marta, m’ajudes?”.
Y entonces miro mi brazo, y tengo los pelos de punta, y siento un escalofrío por la espalda y una pequeña gota húmeda recorre mi mejilla derecha.
Me recompongo y, como si nada hubiera pasado, mi sobrina y yo, hacemos el puzzle juntas.
4 comments:
El món està superpoblat. Massa gent. Però es bonic tenir aquesta Júlia que et busca per fer puzzles.
Suposo que és el mateix sentiment de que algú posi el cap a sobre els teus genolls, digui què bé que s'està aquí tiet, i es quedi bén adormit.
Són moments únics.
Hola m,
soy X, el anonimous pacífico!
Me sorprende en ocasiones algunos comentarios.
¿Seguro que aparcas ese reloj biológico? No!!!!!.
Tierno tu relato, piensa que cuando tienes a esos mocosos a tu alrededor, molestando, no dejando que tengas tiempo para ti, robandote momentos de relax y tranquilidad, es muy duro pero los momentos de ternura son mayores.
Un abuelo que lee tu blog!!!
X
X
Gracias por volver por aquí y no preocupues, se te distingue del otro anónimo perfectamente, el estilo es inconfundible.
Quién sabe, quizás es pronto, quizás es tarde o quizás dentro de 10 años tengo 4 churumbeles a mi alrededor pidiendo toda mi atención y estaré encantada.
La realidad es que por ahora, lo siento tal cual, y realmente no te preocupes, porque a mí no me importa en absoluto, al contrario más bien, me siento genial con la idea.
Un fuerte abrazo!
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