Existe un rincón mágico en Sevilla, uno de los miles que la ciudad hispalense alberga entre sus calles, escondido cerca de la Plaza Mueva, en el que te sientes como en casa.
Las manos de Rogelio acarician el jamón y el buen foie con una delicadeza tan exquisita que cuando llegan hasta ti, sobre un papel de parafina, te saben como el mejor de los manjares de este mundo. Lo mismo sucede con la manteca colorá, las anchoas con leche condensada y todas esas exquisiteces que van apareciendo, casi por sorpresa, en la barra, siempre sobre sus papeles blancos.
Rogelio y Blanca bajan la persiana a eso de las 11 de la noche y la fortuna, que tiene sangre santanderina, me hizo llegar a ellos media hora más tarde, por la puerta de atrás y buscando la tranquilidad de una cena en familia tras un animado sábado de toros y feria.
Las mismas manos desciendentes de aquellas que Antonio Burgos describió como hechas al papel de estraza de envolver garbanzos, hechas al cuchillo de cortar, fino pulso y al chorizo de la Sierra, te sirven las copas heladas de Moët mientras su dueño te cuenta las mil y unas historias que ha vivido durante tantos años de ilustre tabernero.
Hay en La Flor de Toranzo un reloj con una cuenta atrás activa, un reloj que cuenta las horas que faltan hasta la medianoche del 28 de Junio, cuando Rogelio, acompañando a los clarineros de la Banda del Sol, asciende a lo más alto de la Giralda y presencia, en primera persona, la celebración de las Lágrimas de San Pedro - los tres toques de clarín que la misma noche, desde hace 600 años, se dan en cada una de las fachadas del campanario, recordándole así a Sevilla la festividad de San Pedro y evocando las tres veces que San Pedro negó a Jesucristo.
La noche del sábado avanza tranquila, entre buenos amigos, con la conversación de Blanca acompañando al buen vino y la ilusión de sentirte en familia.
Como la gran familia en la que nos hemos convertido, salimos a la madrugada silenciosa de Sevilla, que contrasta con el sonido que imaginas en el Real, y va delatando el avance de nuestros pasos.
Calles estrechas, pequeñas capillas, mucha devoción y mucho arte, que de eso sobra en Sevilla!, en una noche única que te deja el alma llena, un nudo en el estómago al llegar la despedida y la certeza en el corazón de que no es la última vez que vas a estar allí.
Las manos de Rogelio acarician el jamón y el buen foie con una delicadeza tan exquisita que cuando llegan hasta ti, sobre un papel de parafina, te saben como el mejor de los manjares de este mundo. Lo mismo sucede con la manteca colorá, las anchoas con leche condensada y todas esas exquisiteces que van apareciendo, casi por sorpresa, en la barra, siempre sobre sus papeles blancos.
Rogelio y Blanca bajan la persiana a eso de las 11 de la noche y la fortuna, que tiene sangre santanderina, me hizo llegar a ellos media hora más tarde, por la puerta de atrás y buscando la tranquilidad de una cena en familia tras un animado sábado de toros y feria.
Las mismas manos desciendentes de aquellas que Antonio Burgos describió como hechas al papel de estraza de envolver garbanzos, hechas al cuchillo de cortar, fino pulso y al chorizo de la Sierra, te sirven las copas heladas de Moët mientras su dueño te cuenta las mil y unas historias que ha vivido durante tantos años de ilustre tabernero.
Hay en La Flor de Toranzo un reloj con una cuenta atrás activa, un reloj que cuenta las horas que faltan hasta la medianoche del 28 de Junio, cuando Rogelio, acompañando a los clarineros de la Banda del Sol, asciende a lo más alto de la Giralda y presencia, en primera persona, la celebración de las Lágrimas de San Pedro - los tres toques de clarín que la misma noche, desde hace 600 años, se dan en cada una de las fachadas del campanario, recordándole así a Sevilla la festividad de San Pedro y evocando las tres veces que San Pedro negó a Jesucristo.
La noche del sábado avanza tranquila, entre buenos amigos, con la conversación de Blanca acompañando al buen vino y la ilusión de sentirte en familia.
Como la gran familia en la que nos hemos convertido, salimos a la madrugada silenciosa de Sevilla, que contrasta con el sonido que imaginas en el Real, y va delatando el avance de nuestros pasos.
Calles estrechas, pequeñas capillas, mucha devoción y mucho arte, que de eso sobra en Sevilla!, en una noche única que te deja el alma llena, un nudo en el estómago al llegar la despedida y la certeza en el corazón de que no es la última vez que vas a estar allí.
4 comments:
te has dejado las pechugas de pavo en escabeche que son... mumm.
coñe, esas no las he probado!!
gracias, la próxima no me lo pierdo!
Que bé que vius. Olé.
La veritat és que si, paseante, va ser tot un privilegi.
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