¿no dicen que la sal lo cura todo?
Thursday, 31 July 2008
Wednesday, 30 July 2008
El hombre del saco
Siempre fui una niña miedosa, las historias de espíritus en el colegio y Twin Peaks arraigaron fuerte en mi cabeza, y cualquier ruido no identificado, la oscuridad absoluta, levantarme de la cama y bajar a beber agua o salir al lateral del jardín de noche, eran situaciones que me ponían fácilmente los pelos de punta.
Te vas haciendo mayor y otros miedos se instalan junto a los conocidos y entonces, la posibilidad de perder a un ser querido o de no controlar las circunstancias que rodean tu vida, generan la misma reacción en tu piel.
El día que miré dentro del armario y vi que sólo había un zapato, dudé de mi capacidad para tirar adelante el proyecto, se me juntaban demasiadas cosas que tenía que asimilar demasiado rápido y la experiencia en estas cuestiones no estaba de mi lado.
Poco a poco los ruidos del parquet por la noche se convirtieron en nuevos conocidos, que aún a veces me siguen asustando, jardín yo no tengo, así que no había lateral del que preocuparse, y la oscuridad me incomoda, pero la tele en mi cuarto me ayuda con eso. Esos miedos, los físicos, estaban superados, con pequeñas excepciones, a los pocos meses.
Cuando estos desaparecieron, o por lo menos dejaron de tener un papel protagonista, los otros, esos que tienen las personas mayores, se hicieron aún más visibles. Llegar a fin de mes cumpliendo con todas las responsabilidades que implica, superar la sensación de paredes que se te echan sobre la espalda los domingos por la tarde, mantener una estabilidad vital sin permitir que las riendas las tome el caballo, que es la situación, y agarrarlas fuerte, como un buen jinete y, una de las peores, mirar hacia delante y ver a lo lejos la remota posibilidad de volver a navegar.
Tu barco es tuyo, estás en él con tu zapato, tus horarios, tus explicaciones, tu vida, tu tiempo, tus miedos y tus excusas. Tan sólo pensar en salir a navegar te paraliza, me paraliza, y no sé como superarlo, ni como enfrentarme a ello.
Probablemente pase mucho tiempo hasta que consiga avanzar y poner un pie firme en la pasarela, sin que pase por mi mente la posibilidad de acabar ahogándome en las sucias aguas del puerto, probablemente los primeros viajes serán un desastre y ni siquiera las biodraminas me salvarán de las nauseas y los mareos, probablemente caiga al agua en más de una ocasión, aunque espero llevar un buen salvavidas atado a mi cintura en ese momento, probablemente mis velas no vuelvan a desplegarse, probablemente..., quién sabe.
Esta mañana me he despertado valiente, he cogido al gran miedo por la camisa y lo he mirado a los ojos - ahora somos conscientes de que existimos, conocemos la expresión de la mirada del otro y sabemos, y eso es lo que marca la diferencia, que sólo puede quedar uno.
Te vas haciendo mayor y otros miedos se instalan junto a los conocidos y entonces, la posibilidad de perder a un ser querido o de no controlar las circunstancias que rodean tu vida, generan la misma reacción en tu piel.
El día que miré dentro del armario y vi que sólo había un zapato, dudé de mi capacidad para tirar adelante el proyecto, se me juntaban demasiadas cosas que tenía que asimilar demasiado rápido y la experiencia en estas cuestiones no estaba de mi lado.
Poco a poco los ruidos del parquet por la noche se convirtieron en nuevos conocidos, que aún a veces me siguen asustando, jardín yo no tengo, así que no había lateral del que preocuparse, y la oscuridad me incomoda, pero la tele en mi cuarto me ayuda con eso. Esos miedos, los físicos, estaban superados, con pequeñas excepciones, a los pocos meses.
Cuando estos desaparecieron, o por lo menos dejaron de tener un papel protagonista, los otros, esos que tienen las personas mayores, se hicieron aún más visibles. Llegar a fin de mes cumpliendo con todas las responsabilidades que implica, superar la sensación de paredes que se te echan sobre la espalda los domingos por la tarde, mantener una estabilidad vital sin permitir que las riendas las tome el caballo, que es la situación, y agarrarlas fuerte, como un buen jinete y, una de las peores, mirar hacia delante y ver a lo lejos la remota posibilidad de volver a navegar.
Tu barco es tuyo, estás en él con tu zapato, tus horarios, tus explicaciones, tu vida, tu tiempo, tus miedos y tus excusas. Tan sólo pensar en salir a navegar te paraliza, me paraliza, y no sé como superarlo, ni como enfrentarme a ello.
Probablemente pase mucho tiempo hasta que consiga avanzar y poner un pie firme en la pasarela, sin que pase por mi mente la posibilidad de acabar ahogándome en las sucias aguas del puerto, probablemente los primeros viajes serán un desastre y ni siquiera las biodraminas me salvarán de las nauseas y los mareos, probablemente caiga al agua en más de una ocasión, aunque espero llevar un buen salvavidas atado a mi cintura en ese momento, probablemente mis velas no vuelvan a desplegarse, probablemente..., quién sabe.
Esta mañana me he despertado valiente, he cogido al gran miedo por la camisa y lo he mirado a los ojos - ahora somos conscientes de que existimos, conocemos la expresión de la mirada del otro y sabemos, y eso es lo que marca la diferencia, que sólo puede quedar uno.
el reconocimiento es una victoria,
llevo ventaja.
llevo ventaja.
Thursday, 24 July 2008
Mis zapatos y yo 2
Hace algo más de un año Gina me pidió que le enseñara mis zapatos, hoy Eva vuelve a pedírmelo y a mí, que me gustan los zapatos y me chiflan las tradiciones, me cuesta poco agarrar el iphone, y... voilà!
2007 fueron 2, 2008 es sólo 1.
viva la simbología!
viva la simbología!
Thursday, 10 July 2008
Las Piedras de mi vida
"¿Dónde irán los sueños cuando no los conseguimos? Porque a algún sitio tienen que ir. Aunque creo que al final, los sueños no son más que una excusa. Pero una excusa muy gorda. Son la excusa para vivir. Por eso a veces también se convierten en la mirada nostálgica de lo que nunca fuimos."
llevaba años esperándola
una pena que ya no veamos pelis.
una pena que ya no veamos pelis.
Tuesday, 8 July 2008
Las hojas del calendario
_tengo
el 1 de agosto saldré por la puerta de la oficina con el portátil bajo el brazo y el pleno convencimiento de que no lo voy a utilizar en 3 semanas.
_muchas
a pesar de no saber todavía donde vamos a estar durante esos 21 días, no aprecio ni rastro de la ansiedad habitual en mí cuando no controlo una situación.
_ganas
despertarme en alta mar, coger el primer biquini que encuentre y saltar al agua - siempre y cuando las medusas no hayan sido más madrugadoras.
_de
disfrutar de los amigos, de las copas de vino blanco en cubierta, de los mojitos a la puesta de sol.
_que
saber que voy a marearme y que pasaré calor y que el ferry de las 20.30 seguirá pasando a toda leche cerca de nosotros provocando la ira del mare nostrum y, por consiguiente, la de, she antares.
_lleguen
olvidar los zapatos, el reloj y los peines.
_las
dormir la siesta todos juntos, sin importar el espacio disponible.
_vacaciones
acabarlas en el paraíso, y cerrar así uno de los últimos retos abiertos que me quedan.
el 1 de agosto saldré por la puerta de la oficina con el portátil bajo el brazo y el pleno convencimiento de que no lo voy a utilizar en 3 semanas.
_muchas
a pesar de no saber todavía donde vamos a estar durante esos 21 días, no aprecio ni rastro de la ansiedad habitual en mí cuando no controlo una situación.
_ganas
despertarme en alta mar, coger el primer biquini que encuentre y saltar al agua - siempre y cuando las medusas no hayan sido más madrugadoras.
_de
disfrutar de los amigos, de las copas de vino blanco en cubierta, de los mojitos a la puesta de sol.
_que
saber que voy a marearme y que pasaré calor y que el ferry de las 20.30 seguirá pasando a toda leche cerca de nosotros provocando la ira del mare nostrum y, por consiguiente, la de, she antares.
_lleguen
olvidar los zapatos, el reloj y los peines.
_las
dormir la siesta todos juntos, sin importar el espacio disponible.
_vacaciones
acabarlas en el paraíso, y cerrar así uno de los últimos retos abiertos que me quedan.
Thursday, 3 July 2008
Mrs. Wilde
sin mangas en invierno, manga larga y pantalones cortos en verano, desayunos con chocolate acompañado de jamón, bolsitos en los que no cabe un pañuelo, bolsos en los que cabría la selección española, sandalias absurdamente planas, zapatos con tacones altísimamente absurdos, suelos en los que se reflejan las sonrisas, coche en el que te quedas pegado si te acercas a ver si se refleja algo, niña pija, boca de camionero, valiente con las garrapatas, cobarde con las mariposas, sin hambre, capaz de comerse un botillo entero, el más exquisito foie, la piara tapa negra, abstemia, amante del ron, físicamente débil, emocionalmente firme como una roca, fría en un momento, ardiente al siguiente, ocurrente, mediocre, visualización de cosas que pocos ven, no ver tres en un burro, una faceta kérastase, la otra faceta neruda, celosa de espacio y tiempos propios, descuidada con los mismos, blanca como la leche, bronceada como el sol, amante de la tierra, enamorada del mar, vital en las mañanas de sol, melancólica en las de lluvia, consejera de otros, sin consejos para una misma, independiente, necesitada de contacto, defensora de causas perdidas, pasiva ante causas logradas, CI 121, tonta como un zapato, con un vacío en el estómago, esperanzada de que pase pronto.
qué raro es ser el espíritu de la contradicción.
Thursday, 12 June 2008
Cambios de estación
Yo estudié unos años en un colegio de monjas, de esos antiguos, con grandes edificios rodeados de vallas muy altas.
Llegué a ese colegio de rebote, por las circunstancias de la vida de mi familia en aquellos momentos, y a mi llegada, las vacantes libres en los grupos de amistad de aquellas niñas eran escasas. Vivir lejos del colegio y, por lo tanto, de donde mis compañeras de clase vivían, tampoco ayudaba demasiado, aún así, encontré un espacio pequeño, en él planté mi quechua y allí me quedé los siguientes cursos.
El problema de las quechuas es que no son demasiado íntimas ni estables, por un lado todo te llega, las paredes de la quechua no te aíslan de miradas y comentarios, y, por otro, ser la nueva no es fácil y desde la quechua te toca hacer frente a viento y marea. Pero llevo sangre leonesa en las venas, y eso me hace luchar sin darme por vencida hasta el final.
Había una niña que pateaba mi quechua cada día, sin excepción. Esa niña encontraba cada mañana un nuevo motivo por el que odiarme y con el que engrosar así su lista: mi pelo, mi letra, mis estuches, mi almuerzo...cualquier excusa era buena para iniciar un ataque.
Mi colegio de vallas muy altas, era un colegio de niñas, de esos en los que todas íbamos vestidas con un soso uniforme azul marino que no dejaba demasiado margen, cuando demasiado es un eufemismo evidente, a la diferenciación. Al llegar el invierno cubríamos nuestro uniforme con un abrigo del mismo azul y cuando las temperaturas se volvían más primaverales, una chaquetita de punto sustituía el grueso abrigo que, en los meses más fríos, no nos dejaba jugar bien a pichi en el patio.
La chaquetita...
Me pasaba los meses de invierno deseando que el cambio climático (el de antes, no del que ahora hablan políticos, periodistas e incluso curas..) se diera de la noche a la mañana. Deseaba que cambiáramos los abrigos y las bufandas por la manga corta, sin pasar por el duro trámite, en el que para mí se convirtió - gracias a la niña de las patadas en la quechua - llevar las chaquetas azul marino.
Las chaquetas en cuestión, mis chaquetas, eran del mismo color que las suyas, del mismo que las de todas las niñas, pero en las mías había un insolente cocodrilo de color verde bordado en uno de los lados que, durante los meses de primavera, era el principal blanco de ataques de la niña patadas.
Mi madre me decía que eran cosas de crías, envidias tontas sin ningún fundamento y que no podía permitir que me afectaran. Probablemente tenía razón, pero mi madre no tenía que salir a jugar al patio, ni entrar en clase, ni sentarse a su lado, porque el destino, que es muy perro cuando se pone, hizo que nuestros apellidos nos hicieran compartir pupitre muchos meses durante aquellos años.
Un día me armé de valor, esa sangre leonesa!, cogí aire, entré en clase, cambié en los colgadores su chaqueta por la mía y esperé a que llegara el momento de irnos. Esa tarde me levanté la primera del pupitre, corrí al vestidor, me puse su chaqueta cambiada y esperé fuera a observar su reacción.
Yo no podía prever lo que iba a pasar en aquel momento pero su reacción, una vez pasada, debo reconocer que era realmente impredecibile.
La niña patadas entró al vestidor, cogió la chaqueta que colgaba de su percha y notó, supongo que al tacto, que no era la suya. Antes de ponérsela, la miró, vio el cocodrilo repelente que tantos problemas me había causado, lo acercó a su cara y, como si de un anuncio de suavizante se tratara, lo restregó suavemente contra su mejilla. Con una sonrisa en los labios, se la puso y salió del vestidor.
Al verme fuera esperando, me miró muy seria, la niña patadas se reía poco, tocó la manga de mi chaqueta, que ya era suya, con cariño, y se despidió de mí, por primera vez en años, con un seco hasta mañana.
Y así lo siguió haciendo siempre.
Llegué a ese colegio de rebote, por las circunstancias de la vida de mi familia en aquellos momentos, y a mi llegada, las vacantes libres en los grupos de amistad de aquellas niñas eran escasas. Vivir lejos del colegio y, por lo tanto, de donde mis compañeras de clase vivían, tampoco ayudaba demasiado, aún así, encontré un espacio pequeño, en él planté mi quechua y allí me quedé los siguientes cursos.
El problema de las quechuas es que no son demasiado íntimas ni estables, por un lado todo te llega, las paredes de la quechua no te aíslan de miradas y comentarios, y, por otro, ser la nueva no es fácil y desde la quechua te toca hacer frente a viento y marea. Pero llevo sangre leonesa en las venas, y eso me hace luchar sin darme por vencida hasta el final.
Había una niña que pateaba mi quechua cada día, sin excepción. Esa niña encontraba cada mañana un nuevo motivo por el que odiarme y con el que engrosar así su lista: mi pelo, mi letra, mis estuches, mi almuerzo...cualquier excusa era buena para iniciar un ataque.
Mi colegio de vallas muy altas, era un colegio de niñas, de esos en los que todas íbamos vestidas con un soso uniforme azul marino que no dejaba demasiado margen, cuando demasiado es un eufemismo evidente, a la diferenciación. Al llegar el invierno cubríamos nuestro uniforme con un abrigo del mismo azul y cuando las temperaturas se volvían más primaverales, una chaquetita de punto sustituía el grueso abrigo que, en los meses más fríos, no nos dejaba jugar bien a pichi en el patio.
La chaquetita...
Me pasaba los meses de invierno deseando que el cambio climático (el de antes, no del que ahora hablan políticos, periodistas e incluso curas..) se diera de la noche a la mañana. Deseaba que cambiáramos los abrigos y las bufandas por la manga corta, sin pasar por el duro trámite, en el que para mí se convirtió - gracias a la niña de las patadas en la quechua - llevar las chaquetas azul marino.
Las chaquetas en cuestión, mis chaquetas, eran del mismo color que las suyas, del mismo que las de todas las niñas, pero en las mías había un insolente cocodrilo de color verde bordado en uno de los lados que, durante los meses de primavera, era el principal blanco de ataques de la niña patadas.
Mi madre me decía que eran cosas de crías, envidias tontas sin ningún fundamento y que no podía permitir que me afectaran. Probablemente tenía razón, pero mi madre no tenía que salir a jugar al patio, ni entrar en clase, ni sentarse a su lado, porque el destino, que es muy perro cuando se pone, hizo que nuestros apellidos nos hicieran compartir pupitre muchos meses durante aquellos años.
Un día me armé de valor, esa sangre leonesa!, cogí aire, entré en clase, cambié en los colgadores su chaqueta por la mía y esperé a que llegara el momento de irnos. Esa tarde me levanté la primera del pupitre, corrí al vestidor, me puse su chaqueta cambiada y esperé fuera a observar su reacción.
Yo no podía prever lo que iba a pasar en aquel momento pero su reacción, una vez pasada, debo reconocer que era realmente impredecibile.
La niña patadas entró al vestidor, cogió la chaqueta que colgaba de su percha y notó, supongo que al tacto, que no era la suya. Antes de ponérsela, la miró, vio el cocodrilo repelente que tantos problemas me había causado, lo acercó a su cara y, como si de un anuncio de suavizante se tratara, lo restregó suavemente contra su mejilla. Con una sonrisa en los labios, se la puso y salió del vestidor.
Al verme fuera esperando, me miró muy seria, la niña patadas se reía poco, tocó la manga de mi chaqueta, que ya era suya, con cariño, y se despidió de mí, por primera vez en años, con un seco hasta mañana.
Y así lo siguió haciendo siempre.
Monday, 2 June 2008
Thursday, 29 May 2008
Algo para recordar
Me gustan los días de sol, los caramelos de fresa, el olor a hierba recién cortada, coldplay, mecano y the police, andar descalza, las piernas morenas, las pecas, las nubes de golosina cuando ya están duras, los mojitos, las miradas cómplices, las manos, el chocolate con leche y almendras, los mac, hablar por teléfono, las sábanas blancas recién planchadas, las ventanas abiertas, el ruido por la mañana al salir a la calle, el color blanco, mis amigos, cantar en el coche, los sms, las confidencias, las fotos en blanco y negro, mi burri, los secretos, el queso, los chats, las flores frescas, los encuentros inesperados, las velas, las amigas de mi madre, bailar, las gafas de sol, el mar, la ilusión, sorbeira, mi gata, comer en el césped, los helados de vainilla, cocinar, la risa, los abrazos, benedetti y neruda, las abejas, las uñas pintadas, los cojines, las conversaciones interminables, el roce de otra piel, conducir deprisa, las bufandas, navegar, las pulseras de colores, la siesta antes de comer, sevilla, los retos, las sorpresas cuando son sorpresas de verdad, el vino blanco, la música, correr, la cerdanya, mis sobrinos, el pelo mojado, el foie, los besos, viajar en tren, las perlas, montar a caballo, la libertad, ser feliz.
no me gusta cuando olvido todas las cosas que me gustan...
por suerte, ese olvido dura poco.
por suerte, ese olvido dura poco.
Wednesday, 14 May 2008
Living La Vida
Seiton es la tercera regla de la filosofía de trabajo de las 5S.
Seiton habla de orden y parte de la máxima "un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar”, un concepto que según mi forma de ver la vida, resulta perfectamente aplicable en la vida profesional, la que tenemos que vivir, como en la personal, la que queremos vivir.
Los años van pasando y las decisiones van guiando nuestros pasos a través de ese camino que es la vida. Eliges la opción de letras en bup (bachiller o como sea que se llama ahora) y sabes que, casi con total seguridad, nunca serás farmacéutico. Eliges hacer derecho en cou y tus posibilidades de ser físico nuclear se ven bastante disminuidas.
Los años siguen pasando, nosotros seguimos eligiendo y vivimos las consecuencias que nos generan esas elecciones.
Tomamos cientos de decisiones a lo largo del día y la mayoría de éstas, no afectan a nuestra Vida, a nuestro ecosistema, a nuestro camino principal, pero otras veces, durante una estación lluviosa, vemos un sendero que se bifurca desde nuestro camino, un sendero que parece llano, en el que sol brilla y pequeñas flores de colores crecen junto a los árboles y eso sí que cambia las cosas.
Sientes que es un buen sitio por el que caminar y probablemente lo sea, pero estoy segura de que, al acercarte, las manzanas de sus árboles no serán tan rojas como parecen y también existarán las tormentas sobre él y las flores del camino se marchitarán cuando llegue el invierno.
Si los senderos tuvieran corazón, sé que habría algunos que se sentirían culpables por existir, por haber aparecido junto a un ecosistema en desequilibrio y no haber sido capaz de disfrazar su tierra verde con malas hierbas y bichos repugnantes a tiempo. Al fin y al cabo, sólo es un sendero y no escogió como ser ni donde estar, sus decisiones pasadas y presentes lo guiaron hasta allí, como a cualquier otro sendero.
El sendero con corazón en ese momento, quizás algo tarde pero rezando para que no lo sea del todo, se aparta del camino; cubre su entrada de troncos y hojas y corre a coger un paraguas porque sabe que su decisión ha desestabilizado en cierta manera su mundo y se acercan unos nubarrones negros que no traen buenas intenciones.
Al sendero no le gusta la lluvia pero sabe que amainará y, mientras ese nuevo tiempo de sol llega, su decisión preserva un lugar para cada cosa, y, cada cosa está en su lugar
Seiton habla de orden y parte de la máxima "un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar”, un concepto que según mi forma de ver la vida, resulta perfectamente aplicable en la vida profesional, la que tenemos que vivir, como en la personal, la que queremos vivir.
Los años van pasando y las decisiones van guiando nuestros pasos a través de ese camino que es la vida. Eliges la opción de letras en bup (bachiller o como sea que se llama ahora) y sabes que, casi con total seguridad, nunca serás farmacéutico. Eliges hacer derecho en cou y tus posibilidades de ser físico nuclear se ven bastante disminuidas.
Los años siguen pasando, nosotros seguimos eligiendo y vivimos las consecuencias que nos generan esas elecciones.
Tomamos cientos de decisiones a lo largo del día y la mayoría de éstas, no afectan a nuestra Vida, a nuestro ecosistema, a nuestro camino principal, pero otras veces, durante una estación lluviosa, vemos un sendero que se bifurca desde nuestro camino, un sendero que parece llano, en el que sol brilla y pequeñas flores de colores crecen junto a los árboles y eso sí que cambia las cosas.
Sientes que es un buen sitio por el que caminar y probablemente lo sea, pero estoy segura de que, al acercarte, las manzanas de sus árboles no serán tan rojas como parecen y también existarán las tormentas sobre él y las flores del camino se marchitarán cuando llegue el invierno.
Si los senderos tuvieran corazón, sé que habría algunos que se sentirían culpables por existir, por haber aparecido junto a un ecosistema en desequilibrio y no haber sido capaz de disfrazar su tierra verde con malas hierbas y bichos repugnantes a tiempo. Al fin y al cabo, sólo es un sendero y no escogió como ser ni donde estar, sus decisiones pasadas y presentes lo guiaron hasta allí, como a cualquier otro sendero.
El sendero con corazón en ese momento, quizás algo tarde pero rezando para que no lo sea del todo, se aparta del camino; cubre su entrada de troncos y hojas y corre a coger un paraguas porque sabe que su decisión ha desestabilizado en cierta manera su mundo y se acercan unos nubarrones negros que no traen buenas intenciones.
Al sendero no le gusta la lluvia pero sabe que amainará y, mientras ese nuevo tiempo de sol llega, su decisión preserva un lugar para cada cosa, y, cada cosa está en su lugar
y el continuo espacio tiempo no se altera y
...en aquell moment, tornen els somriures.
...en aquell moment, tornen els somriures.
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