Thursday, 15 March 2007

De la genética

Es jueves y los jueves sólo mejoran a medida que avanza el día hasta convertirse en el día perfecto a las 10 de la noche, cuando empieza Anatomía de Grey. Pero, mientras ese momento llega, los jueves me dan pánico.

En el pueblo en el que vivo el jueves marca la diferencia en la semana. Las famosas mamás que desayunan en la panadería del pueblo, entre las que se encuentra mi madre, no salen corriendo, una vez acabada la conversación y el segundo café con hielo, hacia el gimnasio, sus trabajos de media jornada o sus recados. El jueves todas, sin excepción, visitan "el mercadito" - término despectivo creado por mí ya que llamarle a eso "mercado" o "mercadillo" es insultar la inteligencia de cualquiera.

El mercadito se instala en la calle de los médicos y la piscina. Semana tras semana 5 puestos de venta plantan allí sus productos, haga frío o haga calor. Están la parada de ropa interior, la de ropa hippie, la de las pastas, la de los zapatos y la frutería de Antonio. Por qué las 4 primeras insisten en desplazarse cada semana hasta un pueblo de 3.003 habitantes que baja su población un 85% durante el día es un auténtico misterio, pero acuden cada jueves sin excepción. El caso de Antonio es harina de otro costal porque las mamás desayunantes se convierten el jueves en mamás peregrinas y todas acuden a la parada de Antonio a comprar fruta y verduras. Todas, mi madre incluida, of course.

Y ahí está mi madre como cada jueves, delante de la parada de Antonio, rodeada de un mar de pepinos, zanahorias, hojas de roble, mangos y piñas de la mejor calidad. Y la genética no es tonta, y nada en lo que a ella se refiere es fruto de la casualidad o a ver si nos íbamos a pensar que yo soy obsesiva porque sí! Lo que sí que tiene la genética, o por lo menos en nuestro caso, es que se diluye al pasar a la siguiente generación. Conclusión: Mi madre es la reina de las obsesiones y las compras compulsivas. Ella no tiene suficiente con convertir su nevera de 2 metros en un paraíso para los vegetarianos, necesita más y como nevera sólo tiene una, dispone de la otra a la que puede acceder con una llave que, casualmente, se encuentra en su llavero: la mía!

El jueves por la noche al llegar a casa y entrar en nuestra diminuta, y aún así desaprovechada por lo poco que la usamos, cocina, no somos capaces de ver la encimera, ni la vitrocerámica ni las picas. Todo está ocupado con bolsas de plástico blancas con las letras "Frutería Antonio" impresas en ellas y están esperando a que las coloquemos.

Abro la nevera e inauguro el momento "Tetris" de la semana. Todo tiene que encajar dentro, pero no es fácil porque el jueves pasado también hubo mercadito y las tradiciones es lo que tienen, hay que cumplirlas, con lo que mi madre ya repitió su ritual de bolsas sin pararse a pensar que su hija y su yerno comen fuera cada día de la semana y que, además, suelen cenar bastante poco. Así que ahí estoy yo, intentando colocar las frutas y verduras nuevas de forma ordenada en la nevera, porque o si no me estresa, mientras los calabacines y berenjenas de la semana pasada me miran con cara de pocos amigos desde el segundo estante haciéndome sentir terriblemente culpable y con ganas de dirigirme a ellos y decirles:

¡Reclamaciones a María, que aquí nadie os pidió que vinierais!

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