Sunday, 28 September 2008

Verano dominical

7 meses. Puede que el calendario no esté de acuerdo conmigo, de hecho está claro que no es así, pero no me importa porque, cuando eres yo y vives mi vida, 7 meses es lo que dura el verano.

Con los primeros rayos de sol calentitos del mes de abril, inauguramos la estación y la alargamos hasta que sentimos que los rayos de sol están ya tan lejos que no pueden ni sonrojarnos la piel.

El verano, nuestro verano, tiene su liturgia y sus tradiciones: yo recojo a Anna, seguimos la carretera interior que nos lleva hasta la playa, aparcamos el coche y dirigimos nuestros pasos hacia el que probablemente sea el chiringuito más cutre de la zona, a tomarnos nuestro cortado con hielo. Desde la terraza y con nuestros vasos fríos en la mano, observamos como pasa el tiempo y como va cambiando la escena que se representa sobre la arena.

En abril no se ven biquinis, la gente camina cerca de la orilla, sin atreverse a tocar el agua, hay parejas que pasean con sus perros y juegan a lanzarles bolas imaginarias a lo lejos, que ellos persiguen una y otra vez, no hay sombrillas, ni alboroto, se oye el ruido de las olas rompiendo al tocar la arena, y estamos nosotras.

Mayo no es muy distinto, empieza a aflorar la ropa de baño, aunque aún quedan las camisetas, y las sandalias esperan tímidas en los armarios. En mayo hay pescadores que ocupan la primera línea y la gente sigue paseando, sus pies ya se acercan valientes hacia el mar, los colores de las toallas destacan sobre la arena, y estamos nosotras.

En junio llueve, hay años que sucede durante toda la semana, hay años que sólo sucede los domingos, nuestro día, y perdemos nuestro rincón de arena lamentándonos cada sábado por la noche mientras apuramos las últimas horas de la luna. No va a hacer sol, no quiero levantarme pronto, la playa estará vacía, y no estaremos nosotras.

Llega julio y con él los extraños. La playa se llena de gente, de ruido, de niños que corren alrededor de tus toallas llenándolo todo de incómoda arena. Sombrillas, millones de vueltas para poder aparcar, mesas ocupadas en nuestra terraza y aglomeraciones en la orilla mientras intentas tranquilamente dar un paseo. Están los invasores, y estamos nosotras.

En agosto abandonamos nuestra playa y ponemos rumbo a otras en las que, supuestamente, hay menos gente, menos ruido, un agua más azul y, sobretodo, mucha distancia con nuestra playa, y vida, real.

Cuando regresamos en septiembre a nuestra playa de ciudad, nos sigue encantando. A pesar de haber estado en auténticos paraisos y haber disfrutado muchísimo, nuestra playa sencilla, nuestras costumbres normales y nuestras tradiciones, nos alegran las sonrisas en los domingos de sol.

Hoy habían vuelto los perros, estaban los pescadores, ya no quedaban sombrillas y el sonido de las olas rompiendo en la orilla nos ha arrullado hasta quedarnos dormidas...

como nuestro verano.

4 comments:

Rita said...

Un post deliciós. Els costums són els costums i tenen el seu què de casa oi? :-)

marta said...

Gràcies Rita!
Sense cap dubte, sense ells, és com no tenir "casa".

Anonymous said...

¿Y se puede apuntar uno a esos veranos de siete meses? ¡Jó!, ¡qué suerte! :)
Me ha encantado esa frase: "la escena que se representa sobre la arena". Realmente poético, M.
"Están los invasores, y estamos nosotras." ¿Has mirado si tienen un defecto en el dedo meñique? :P

Un besote.

marta said...

No, no puedes...problemas de vivir en la capital del reino...

Cómo me voy a acercar a los invasores a hacer comprobaciones? Y si mientras tanto me contagian alguna cosa??